LIBRETO LITÚRGICO
SOLEMNES ORDENACIÓNES SIMULTÁNEAS
PRESIDE SU EMINENCIA
ROBERTO DELGADO
ARZOBISPO PRIMADO DE MÉXICO
INSIGNE Y NACIONAL BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE
XII.II.MMXXVI
RITOS INICIALES
CANTO DE ENTRADA
(Pueblo de Reyes)
Una vez reunido el pueblo, el Obispo se dirige al altar con los ministros durante el canto de entrada.
Pueblo de reyes, asamblea santa
Pueblo sacerdotal, pueblo de Dios
Bendice a tu Señor.
Te cantamos, oh, Hijo amado del Padre Te alabamos, eterna palabra salida de Dios
Te cantamos, oh, Hijo de la Virgen María
Te alabamos, oh, Cristo nuestro hermano
Nuestro Salvador. ℟.
Te cantamos a Ti, esplendor de la gloria
Te alabamos, estrella radiante que anuncias el día Te cantamos, oh, luz que iluminas nuestras sombras Te alabamos, antorcha de la nueva Jerusalén. ℟.
Te cantamos, Mesías, que anunciaron los profetas Te alabamos, oh, hijo de Abraham e hijo de David Te cantamos, Mesías, esperado por los pobres Te alabamos, oh, Cristo, nuestro rey de humilde corazón. ℟.
Te cantamos, mediador entre Dios y los hombres
Te alabamos, oh, ruta viviente, camino del cielo
Te cantamos, sacerdote de la nueva alianza
Te alabamos, Tú eres nuestra paz por la sangre de la cruz. ℟.
Te cantamos, cordero de la Pascua eterna
Te alabamos, oh, víctima que borras nuestros pecados Te cantamos, oh, templo de la nueva alianza Oh, piedra angular y roca de Israel. ℟.
Cuando llega al altar, se inclina profundamente con los ministros, besa el altar en señal de veneración e inciensa la cruz y el altar. A continuación, se dirige con los ministros a las sillas.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
℟. Amén.
La paz esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.
ACTO PENITENCIAL
A continuación se hace el acto penitencial, al que el sacerdote invita a los fieles, diciendo:
Hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.
Se hace una breve pausa en silencio. Después el sacerdote dice:
Señor, ten misericordia de nosotros.
℟.: Porque hemos pecado contra ti.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.
℟.: Y danos tu salvación.
Sigue la absolución del sacerdote:
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
℟.: Amén.
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
℟.: Amén.
SEÑOR, TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
CRISTO TEN PIEDAD
CRISTO TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
HIMNO DEL GLORIA
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
POR TU INMENSA GLORIA TE ALABAMOS, TE BENDECIMOS, TE ADORAMOS, TE GLORIFICAMOS, TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR DIOS, REY CELESTIAL, DIOS PADRE TODOPODEROSO.
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
SEÑOR, HIJO ÚNICO, JESUCRISTO. SEÑOR DIOS, CORDERO DE DIOS, HIJO DEL PADRE; TÚ QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, TEN PIEDAD DE NOSOTROS; TÚ QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, ATIENDE NUESTRA SÚPLICA; TÚ QUE ESTÁS SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE, TEN PIEDAD DE NOSOTROS.
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
PORQUE SÓLO TÚ ERES SANTO, SÓLO TÚ SEÑOR, SÓLO TÚ ALTÍSIMO, JESUCRISTO, CON EL ESPÍRITU SANTO EN LA GLORIA DE DIOS PADRE. AMÉN.
ORACIÓN COLECTA
Terminado el himno, el Obispo, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración colecta:
Dios nuestro, que en tu providencia das pastores a tu pueblo, infunde en tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza, que convierta a estos hijos tuyos en ministros dignos de tu altar, y los haga de ellos valientes y humildes defensores de tu Evangelio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
Amén.
LITURGIA DE LA PALABRA
PRIMERA LECTURA
(Nm 3, 5-9)
Pondrás a la tribu de Leví para servir al sacerdote Aarón
Lector: Lectura del libro de los Números.
El Señor dijo a Moisés:
Manda a la tribu de Leví que se acerque, y tú la pondrás a disposición del sacerdote Aarón, para servirlo. Ellos realizarán tareas para él y para toda la comunidad de Israel, delante de la Carpa del Encuentro, encargándose del servicio de la Morada. Tendrán a su cargo todo el mobiliario de la Carpa del Encuentro y realizarán tareas para los israelitas, encargándose del servicio de la Morada. Tu pondrás a los levitas a las órdenes de Aarón y de sus hijos: así ellos estarán dedicados a él exclusivamente, de parte de los israelitas.
Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL
(Sal 116)
℟. Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.
Que alaben al Señor todas las naciones,
que lo aclamen todos los pueblos. ℟.
Porque grande es su amor hacia nosotros,
y su fidelidad dura por siempre. ℟.
SEGUNDA LECTURA
(Hch 8, 26-40)
Comenzando por este texto de la Escritura,
le anunció el Evangelio de Jesús
Lector: Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
El Angel del Señor dijo a Felipe: «Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto.» El se levantó y partió.
Un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía, sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y camina junto a su carro.»
Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: «¿Comprendes lo que estás leyendo?»
El respondió: «¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?»
Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente:
Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?
El etíope preguntó a Felipe: «Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?»
Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús.
Siguiendo su camino, llegaron a un lugar donde había agua, y el etíope dijo: «Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado?» Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó.
Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino.
Felipe se encontró en Azoto, y en todas las ciudades por donde pasaba iba anunciando la Buena Noticia, hasta que llegó a Cesarea.
Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
VAYAN, Y HAGAN QUE TODOS LOS PUEBLOS SEAN MIS DISCÍPULOS.
YO ESTARÉ SIEMPRE CON USTEDES HASTA EL FIN DEL MUNDO.
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
Mientras tanto, el sacerdote, cuando se utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
℣.: Padre, dame tu bendición.
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
Mientras tanto, el sacerdote, cuando se utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
℣.: Padre, dame tu bendición.
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo ✠ y del Espíritu Santo.
℣.: Amén.
Pero si no está presente el diácono, el sacerdote, inclinado ante el altar, dice en secreto:
Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio.
Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y dice:
℣.: El Señor esté con ustedes.
EVANGELIO
(Jn 21, 15-17)
Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y dice:
℣.: El Señor esté con ustedes.
℟.: Y con tu espíritu.
El diácono (o el sacerdote), dice:
✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.
✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.
℟.: Gloria a ti, Señor.
Luego el diácono o el sacerdote, si procede, inciensa el libro y proclama el Evangelio.
℣.: Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Cuando termina el Evangelio, el diácono aclama:
Palabra del Señor.
El pueblo responde:
Gloria a ti, Señor.
Luego lleva el libro al Obispo, que lo besa en silencio y bendice al pueblo.
Luego el diácono deposita el libro en el altar.
LITURGIA DE LA ORDENACIÓN
ELECCIÓN DE LOS CANDIDATOS AL DIACONADO
Los ordenados son llamados por el diácono de la forma siguiente:
Acérquense los que van a ser ordenados diáconos.
E inmediatamente los nombra; y el llamado dice:
Presente.
Y se acercan al Obispo, a quien hacen una reverencia.
Permaneciendo los ordenados en pie ante el Obispo, un presbítero designado por el Obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes diáconos a estos hermanos nuestros.
El obispo le pregunta:
¿Sabes si son dignos?
Y él responde:
Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados dignos.
El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el Orden de los diáconos.
Todos responden:
℟. Demos gracias a Dios.
ELECCIÓN DEL CANDIDATO AL PRESBITERADO
El ordenado es llamado por el diácono de la forma siguiente:
Acérquese el que va a ser ordenado presbítero.
E inmediatamente lo nombra y el llamado dice:
Presente.
Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.
Permaneciendo el ordenado de pie ante el Obispo, un presbítero designado por el Obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbítero a este hermano nuestro.
El Obispo le pregunta:
¿Sabes si es digno?
Y él responde:
Según el parecer de quienes lo presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que ha sido considerado digno.
El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a este hermano nuestro para el Orden de los presbíteros.
Todos dicen:
℟. Demos gracias a Dios.
HOMILÍA
Seguidamente, estando todos sentados, el Obispo hace la homilía, en la que, partiendo del texto de las lecturas proclamadas en la liturgia de la palabra, habla al pueblo y a los elegido sobre el ministerio de los diáconos y de los presbíteros.
PROMESAS DE LOS ELEGIDOS DIÁCONOS
Después de la homilía, solamente se levantan los elegidos y se ponen de pie ante el Obispo, quien los interroga con estas palabras:
Queridos hijos: Antes de entrar en el Orden de los diáconos deben manifestar ante el pueblo su voluntad de recibir este ministerio.
¿Quieren consagrarse al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?
Los elegidos responden:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diáconos como colaboradores del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?
Los elegidos:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y de palabra y obra proclamar esta fe, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?
Los elegido:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a su género de vida y, fiel a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, según su condición, junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo?
Los elegidos:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren imitar siempre en su vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre servirán con sus manos?
Los elegido:
Si, quiero, con la Gracia de Dios.
Seguidamente, los elegido se acercan uno por uno al Obispo y, de rodillas ante él, ponen sus manos juntas entre las manos del Obispo.
El Obispo interroga a los elegidos, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?
Los elegidos:
Si, prometo.
El Obispo concluye siempre:
Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término.
PROMESAS DEL ELEGIDO PRESBÍTERO
Terminado lo anterior, solamente se levanta el elegido y se pone de pie ante el Obispo, quien lo interroga con estas palabras:
Querido hijo: Antes de entrar en el Orden de los presbíteros es necesario que manifiestes ante el pueblo tu decisión de recibir este ministerio.
¿Quieres desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbítero, como fiel colaborador del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor bajo la guía del Espíritu Santo?
El elegido responde:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres desempeñar con dedicación y sabiduría el ministerio de la palabra en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica?
El elegido:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres celebrar con piedad y fidelidad los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia?
El elegido:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres implorar, junto con nosotros, la misericordia divina a favor del pueblo que les sea confiado, cumpliendo así el mandato de orar continuamente?
El elegido:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres unirte cada día más estrechamente a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se entregó al Padre como víctima santa, y consagrarte a Dios junto con él para la salvación de los hombres?
El elegido:
Sí, quiero, con la gracia de Dios.
Enseguida, el elegido se acerca al Obispo y, de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las manos del Obispo,
El Obispo interroga al elegido, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?
El elegido:
Si, prometo.
El Obispo concluye siempre:
Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término.
SÚPLICA LITÁNICA
Seguidamente, todos se levantan.
El Obispo, dejando la mitra, de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la invitación:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que derrame bondadosamente la gracia de su bendición sobre estos siervos suyos que ha llamado al Orden de los diáconos y de los presbíteros.
Entonces los elegidos se postran en tierra, y se cantan las letanías, respondiendo todos; en los domingos y durante el Tiempo Pascual, se hace estando todos de pie, y en los demás días, de rodillas, en cuyo caso el diácono dice:
Nos ponemos de rodillas.
Los cantores comienzan las letanías (las invocaciones sobre los elegido se hacen en singular).
Concluido el canto de las letanías, el Obispo ordenante principal, en pie y con las manos extendidas, dice:
Señor Dios, escucha nuestras súplicas y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos: santifica con tu bendición a éstos siervos tuyos que juzgamos aptos para el servicio de los santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
El diácono, si el caso lo requiere, dice:
Nos ponemos de pie.
Y todos se ponen de pie.
IMPOSICIÓN DE MANOS
Y PLEGARIA DE ORDENACIÓN DIACONAL
Los elegidos se levantan; se acercan al Obispo, que está de pie delante de la sede y con mitra, y se arrodillan ante él.
El Obispo les impone en silencio las manos sobre la cabeza.
Tras dicha imposición de manos, los presbiteros permanecen junto al Obispo hasta que se haya concluido la Plegaria de Ordenación, pero de modo que la ceremonia pueda ser bien vista por los fieles.
Estando los elegidos arrodillados ante él, el Obispo, éste, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro —palabra, sabiduría y fuerza tuya—, con providencia eterna todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.
A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida con dones celestes variados, articulada con miembros distintos y unificada en admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces crecer y dilatarse como templo nuevo y grandioso.
Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros encargados de tu servicio.
Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el pueblo a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la palabra.
Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a estos tus siervos, a quienes consagramos humildemente para el orden del diaconado y el servicio de tu altar.
ENVÍA SOBRE ELLOS, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE, FORTALECIDOS CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES, DESEMPEÑEN CON FIDELIDAD EL MINISTERIO.
Que resplandezca en ellos un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales.
Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, persevere firme y constante con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo que no vino a ser servido sino a servir, merezcan reinar con él en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
℟. Amén.
ENTREGA DEL LIBRO DE LOS EVANGELIOS
Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Obispo recibe la mitra. Los ordenados se levantan, y un diácono u otro ministro les pone la estola al estilo diaconal y les viste la dalmática.
Los ordenados, ya con sus vestiduras diaconales, se acerca al Obispo, quien entrega a aquellos, ante él arrodillado, el libro de los Evangelios, diciendo:
Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado.
Finalmente, el Obispo da a los ordenados el beso de paz, diciendo:
La paz esté contigo.
Los ordenados responden:
Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos diáconos presentes.
Mientras tanto, puede cantarse la antífona siguiente con el Salmo 145, u otro canto apropiado de idénticas características que concuerde con la antífona.
Al que me sirva, mi Padre que está en el cielo lo premiará. (T.P. Aleluya).
IMPOSICIÓN DE MANOS
Y PLEGARIA DE ORDENACIÓN PRESBITERAL
El Obispo impone en silencio las manos sobre la cabeza del elegido.
Después de la imposición de las manos del Obispo, todos los presbíteros presentes, revestidos de estola, imponen igualmente en silencio las manos sobre el elegido.
Después de dicha imposición de manos, los presbíteros permanecen junto al Obispo hasta que se haya concluido la Plegaria de Ordenación, pero de modo que el rito pueda ser bien visto por los fieles.
Estando el elegido arrodillado ante él, el Obispo, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, autor de la dignidad humana y dispensador de todo don y gracia; por ti progresan tus criaturas y por ti se consolidan todas las cosas. Para formar el pueblo sacerdotal, tú dispones con la fuerza del Espíritu Santo en órdenes diversos a los ministros de tu Hijo Jesucristo.
Ya en la primera Alianza aumentaron los oficios, instituidos con signos sagrados. Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente de tu pueblo, para gobernarlo y santificarlo, les elegiste colaboradores, subordinados en orden y dignidad, que les acompañaran y secundaran.
Así, en el desierto, diste parte del espíritu de Moisés, comunicándolo a los setenta varones prudentes, con los cuales gobernó más fácilmente a tu pueblo.
Así también hiciste partícipes a los hijos de Aarón de la abundante plenitud otorgada a su padre para que un número suficiente de sacerdotes ofreciera, según la ley, los sacrificios, sombra de los bienes futuros.
Finalmente, cuando llegó la plenitud de los tiempos, enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo, Jesús, Apóstol y Pontífice de la fe que profesamos. Él, movido por el Espíritu Santo, se ofreció a ti como sacrificio sin mancha, y habiendo consagrado a los apóstoles con la verdad, los hizo partícipes de su misión; a ellos, a su vez, les diste colaboradores para anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la salvación.
También ahora, Señor, te pedimos nos concedas, como ayuda a nuestra limitación, éste colaborador que necesitamos para ejercer el sacerdocio apostólico.
TE PEDIMOS, PADRE TODOPODEROSO, QUE CONFIERAS A ESTE SIERVO TUYO LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO; RENUEVA EN SU CORAZÓN EL ESPÍRITU DE SANTIDAD; RECIBA DE TI EL SEGUNDO GRADO DEL MINISTERIO SACERDOTAL Y SEA, CON SU CONDUCTA, EJEMPLO DE VIDA.
Sea honrado colaborador del Orden de los Obispos, para que por tu predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres, y llegue hasta los confines del orbe.
Sea con nosotros fiel dispensador de tus misterios, para que tu pueblo se renueve con el baño del nuevo nacimiento, y se alimente de tu altar; para que los pecados sean reconciliados y sean confortados los enfermos.
Que en comunión con nosotros, Señor, implore tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero.
Así todas las naciones, congregadas en Cristo, formarán un único pueblo tuyo que alcanzará su plenitud en tu Reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
℟. Amén.
UNCIÓN DE LAS MANOS
Y ENTREGA DEL PAN Y EL VINO
Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Obispo recibe la mitra. El ordenado se levanta. Los presbíteros presentes vuelven a su puesto; pero unos de ellos colocan al ordenado la estola al estilo presbiteral y le viste la casulla.
Luego, el Obispo toma el gremial y, oportunamente informado el pueblo, unge con el sagrado crisma las palmas de las manos del ordenado, arrodillado ante él, diciendo:
Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio.
Después, el Obispo y el ordenado se lavan las manos.
Seguidamente, los fieles llevan el pan sobre la patena y el cáliz, ya con el vino y el agua, para la celebración de la Misa. El diácono lo recibe y se lo entrega al Obispo, quien a su vez lo pone en manos del ordenado, arrodillado ante él, diciendo:
Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor.
Finalmente, el Obispo da al ordenado el beso de paz, diciendo:
La paz este contigo.
El ordenado responde:
Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos presbiteros presentes.
Prosigue la Misa como de costumbre. Se dice o no el Símbolo de la fe, según las rúbricas; se omite la oración universal.
LITURGIA EUCARISTÍCA
PRESENTACIÓN DE LOS DONES
(Este pan y vino)
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.
Este pan y vino, Señor
Se transformarán
En tu cuerpo y sangre, Señor
En nuestro manjar.
Gracias al sol y al labrador
En el altar florecen hoy
Las espigas, los racimos
Que presentamos a Dios. ℟.
Lo que sembré con mi dolor
Lo que pedí en mi oración
Hoy son frutos, son ofrendas
Que presentamos a Dios. ℟.
Conviene que los fieles expresen su participación en la ofrenda, bien sea llevando el pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, bien presentando otros dones para las necesidades de la Iglesia o de los pobres.
Luego el sacerdote, profundamente inclinado, reza en silencio.
Y, si procede, inciensar las ofrendas, la cruz y el altar. Después, el diácono u otro ministro inciensa al sacerdote y al pueblo.
Luego, el sacerdote, de pie junto al altar, se lava las manos y dice la oración en silencio.
El sacerdote, de pie en el centro del altar, dice:
Oremos, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso
El pueblo se levanta y responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Luego el sacerdote dice la oración sobre las ofrendas:
Padre santo, tu Hijo quiso lavar los pies a sus discípulos para darnos ejemplo; recibe los dones que te presentamos en esta liturgia y, al ofrecernos como víctima espiritual, concédenos crecer en humildad y abnegación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
El pueblo aclama:
Amén.
PREFACIO
(Cristo, origen de todo ministerio eclesial)
El sacerdote comienza la plegaria eucarística con el prefacio. Dice:
El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.
El sacerdote prosigue:
Levantemos el corazón.
℟. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
El sacerdote añade:
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟. Es justo y necesario.
El sacerdote prosigue el prefacio.
En verdad es justo y necesario, alabarte y darte gracias, Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso, de quien proviene toda paternidad en la comunión del Espíritu.
En verdad es justo y necesario, alabarte y darte gracias, Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso, de quien proviene toda paternidad en la comunión del Espíritu.
En tu Hijo Jesucristo, sacerdote eterno, siervo obediente, pastor de los pastores, has puesto el origen y la fuente de todo ministerio, según la viva tradición apostólica conservada en tu pueblo que peregrina en la historia.
Tú eliges dispensadores de los santos misterios con variedad de dones y carismas, para que en todas las naciones de la tierra se ofrezca el sacrificio perfecto y, con la Palabra y los sacramentos se edifique la Iglesia, comunidad de la nueva alianza, templo de tu gloria.
Por este misterio de salvación, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos con gozo el himno de tu alabanza:
SANTO
SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR, DIOS DEL UNIVERSO. LLENOS ESTÁN, EL CIELO Y LA TIERRA, DE TU GLORIA.
¡HOSANNA EN EL CIELO!
BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR.
¡HOSANNA EN EL CIELO!
PLEGARIA EUCARÍSTICA III
El sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CP
SANTO eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
SANTO eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC
Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que se conviertan en Cuerpo ✠ y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios.
El relato de la institución de la Eucaristía debe darse de forma clara y audible, como lo exige su naturaleza.
Porque el mismo, la noche en que iba a ser entregado,
El relato de la institución de la Eucaristía debe darse de forma clara y audible, como lo exige su naturaleza.
Porque el mismo, la noche en que iba a ser entregado,
Toma el pan y, manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, continúa:
tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.
Muestra al pueblo la hostia consagrada, la coloca en la patena y hace una genuflexión en adoración.
El sacerdote prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.
HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.
Muestra el cáliz al pueblo, la coloca sobre su cuerpo y hace una genuflexión en adoración.
El sacerdote prosigue:
CP
Éste es el Sacramento de nuestra fe.
℟.: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!
Éste es el Sacramento de nuestra fe.
℟.: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!
Después, el sacerdote, con las manos extendidas dice:
CC
Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección, y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
C1: Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con Maria, la Virgen, Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.
C2: Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa Benedicto, a nuestro Obispo Roberto, al orden episcopal, a estos hijos tuyos que has ordenado hoy presbíteros y diáconos de la Iglesia, a los demás presbíteros y diáconos y a todo el pueblo redimido por ti.
Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección, y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
C1: Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con Maria, la Virgen, Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.
C2: Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa Benedicto, a nuestro Obispo Roberto, al orden episcopal, a estos hijos tuyos que has ordenado hoy presbíteros y diáconos de la Iglesia, a los demás presbíteros y diáconos y a todo el pueblo redimido por ti.
Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.
†A nuestros hermanos difuntos, y a cuantos murieron en tu amistad, recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, por Cristo Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes.
Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
CP o CC
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
℟.: Amén.
℟.: Amén.
RITO DE COMUNIÓN
Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el sacerdote, con las manos juntas, dice:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal
El sacerdote prosigue él solo:
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
℟.: Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
Después el sacerdote dice en voz alta:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz les dejo, mi paz les doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.
El sacerdote añade:
La paz del Señor esté siempre con ustedes
℟.: Y con tu espíritu.
Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade:
℣.: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.
Luego, el sacerdote parte el pan consagrado sobre la patena y coloca un trozo en el cáliz, orando en silencio.
CORDERO DE DIOS
CORDERO DE DIOS QUE QUITAS, EL PECADO DEL MUNDO,
TEN PIEDAD DE NOSOTROS.
CORDERO DE DIOS QUE QUITAS, EL PECADO DEL MUNDO,
TEN PIEDAD DE NOSOTROS,
CORDERO DE DIOS QUE QUITAS, EL PECADO DEL MUNDO,
DANOS LA PAZ.
El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟.: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟.: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
COMUNIÓN
(Heme Aquí)
Después de comulgar, el sacerdote se acerca a los que quieren comulgar y les presenta el pan consagrado, diciendo a cada uno de ellos:
℣.: El Cuerpo de Cristo.
℟.: Amén.
Si se comulga bajo las dos especies, se observa el rito descrito en el misal de altar. Cuando el sacerdote comulga el Cuerpo de Cristo, comienza el canto de comunión.
HEME AQUÍ, HEME AQUÍ
ANTE TU PRESENCIA
HEME AQUÍ, HEME AQUÍ
HÁGASE EN MÍ TU VOLUNTAD.
YO ESPERABA AL SEÑOR
ÉL ESCUCHÓ MI LAMENTO
PUSO EN MI BOCA UN CANTO
UN NUEVO HIMNO A NUESTRO DIOS.
COMO ESTÁ ESCRITO EN TU LIBRO
PARA HACER TU VOLUNTAD
OH, SEÑOR, YO LO QUIERO
LLEVO TU LEY EN MIS ENTRAÑAS.
TU SALVACIÓN HE PROCLAMADO
ANTE LA GRAN ASAMBLEA
NO HE CERRADO MI BOCA
SÍ, SEÑOR, ¡TÚ BIEN LO SABES!
Si es oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza.
Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.
Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración después de la comunión.
Oremos.
Padre, concede a tus hijos, alimentados con esta eucaristía, ser fieles ministros del Evangelio, de los sacramentos y de la caridad, para gloria tuya y salvación de los creyentes. Por Jesucristo, nuestro Señor.
El pueblo aclama:
Amén.
RITO DE CONCLUSIÓN
BENDICIÓN SOLEMNE
El celebrante recibe la mitra y, extendiendo las manos, dice:
El Señor esté con ustedes.
Todos responde:
Y con tu espíritu.
Y, enseguida, el Obispo, con las manos extendidas sobre los ordenados y el pueblo, pronuncia
la bendición:
Dios Padre, que dirige y gobierna la Iglesia, los guíe siempre con su gracia para que cumplan fielmente el ministerio.
Todos:
Amén.
El Obispo:
A ustedes, presbíteros, Dios los haga pastores verdaderos que distribuyan la Palabra de la vida y el Pan vivo, para que los fieles crezcan en la unidad del cuerpo de Cristo.
Todos:
Amén.
El Obispo:
Él, que les ha confiado como diáconos, la misión de predicar el Evangelio de Cristo, les ayude a vivir según su Palabra para que sean testigos fervorosos y servidores de la caridad.
Todos:
Amén.
Y bendice a todo el pueblo añadiendo:
Y que a todos ustedes, que están aquí presentes, los bendiga Dios todopoderoso, Padre ✠, Hijo ✠, y Espíritu ✠ Santo.
Todos responden:
Amén.
Luego el diácono, o el sacerdote, despide al pueblo con una de las fórmulas siguientes:
La alegría del Señor sea nuestra fuerza, podemos ir en paz.
℟. Demos gracias a Dios.
La alegría del Señor sea nuestra fuerza, podemos ir en paz.
℟. Demos gracias a Dios.
CANTO DE SALIDA
(La Guadalupana)
DESDE EL CIELO UNA HERMOSA MAÑANA,
DESDE EL CIELO UNA HERMOSA MAÑANA,
LA GUADALUPANA, LA GUADALUPANA,
LA GUADALUPANA BAJÓ AL TEPEYAC,
LA GUADALUPANA, LA GUADALUPANA,
LA GUADALUPANA BAJÓ AL TEPEYAC.
SUPLICANTE JUNTABA SUS MANOS,
SUPLICANTE JUNTABA SUS MANOS,
Y ERAN MEXICANOS, Y ERAN MEXICANOS,
Y ERAN MEXICANOS SU PORTE Y SU FAZ,
Y ERAN MEXICANOS, Y ERAN MEXICANOS,
Y ERAN MEXICANOS SU PORTE Y SU FAZ.
SU LLEGADA LLENÓ DE ALEGRÍA,
SU LLEGADA LLENÓ DE ALEGRÍA,
DE LUZ Y ARMONÍA, DE LUZ Y ARMONÍA,
DE LUZ Y ARMONÍA TODO EL ANÁHUAC,
DE LUZ Y ARMONÍA, DE LUZ Y ARMONÍA,
DE LUZ Y ARMONÍA TODO EL ANÁHUAC.
JUNTO AL MONTE PASABA JUAN DIEGO,
JUNTO AL MONTE PASABA JUAN DIEGO,
Y ACERCOSE LUEGO, Y ACERCOSE LUEGO,
Y ACERCOSE LUEGO AL OÍR CANTAR,
Y ACERCOSE LUEGO, Y ACERCOSE LUEGO,
Y ACERCOSE LUEGO AL OÍR CANTAR.
‘JUAN DIEGUITO’ -LA VIRGEN LE DIJO-.
‘JUAN DIEGUITO’ -LA VIRGEN LE DIJO-,
ESTE CERRO ELIJO, ESTE CERRO ELIJO,
ESTE CERRO ELIJO PARA HACER MI ALTAR’.
‘ESTE CERRO ELIJO, ESTE CERRO ELIJO,
ESTE CERRO ELIJO PARA HACER MI ALTAR’.
Y EN LA TILMA ENTRE ROSAS PINTADAS,
Y EN LA TILMA, ENTRE ROSAS PINTADAS,
SU IMAGEN AMADA, SU IMAGEN AMADA,
SU IMAGEN AMADA SE DIGNÓ DEJAR,
SU IMAGEN AMADA, SU IMAGEN AMADA,
SU IMAGEN AMADA SE DIGNÓ DEJAR.
DESDE ENTONCES PARA EL MEXICANO,
DESDE ENTONCES PAR EL MEXICANO,
SER GUADALUPANO, SER GUADALUPANO,
SER GUADALUPANO ES ALGO ESENCIAL,
SER GUADALUPANO, SER GUADALUPANO,
SER GUADALUPANO ES ALGO ESENCIAL.
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