HOMILÍA TERCER DOMINGO DE ADVIENTO - “GAUDETE”

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este tercer domingo del santo tiempo de Adviento.

Hoy celebramos el domingo llamado “Gaudete”, cuando se enciende la vela rosa de la corona de Adviento, y la vestidura del sacerdote puede cambiar a color de rosa, porque es un día en el que la Iglesia nos invita a la alegría que proviene de la esperanza del Señor que ya viene. La alegría debe ser una nota característica de todo cristiano, y en este domingo se exalta el gozo de estar cercanos a recibir a quien vino desde lo alto, al vientre purísimo de la santísima Virgen.

De hecho, por eso la primera lectura, tomada del profeta Isaías nos dice: “Regocíjate, yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo… Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo!… vendrán a Sion con cánticos de júbilo, coronados de perpetua alegría; serán su escolta el gozo y la dicha” (Is 35, 1-6. 10).

El motivo de la alegría a que se invitaba al pueblo de Israel era la esperanza de que pronto volverían de su destierro y se acabaría todo motivo de aflicción. Para nosotros los cristianos está patente la esperanza de que saldremos del destierro en este valle de lágrimas, para ir al encuentro del Señor en la Jerusalén celestial. Nos alegramos además porque aquí y ahora gozamos de las múltiples presencias que el Señor presenta en nuestras vidas: a través de sus sacramentos, en su Palabra, en toda la gente que amamos y que nos ama, en todos los hermanos necesitados de nuestro apoyo y en todas las cosas buenas de la vida.

Una esperanza que es fundamental para todo ser humano, imprescindible para la vida pues es el cimiento que nos sostiene ante el sinsentido o el sufrimiento, es la esperanza del Adviento que nos anuncia Isaías.

Pero no nos sirve cualquier esperanza, el profeta nos anima a fortalecernos en una esperanza verdadera, que no puede ser ingenua, egoísta ni pasajera; ni el simple optimismo de quien cree inocentemente que todo va a salir bien; o una expectativa pasiva del que se sienta a aguardar que algo suceda.

Una que esté puesta solo en el Dios que no nos abandona nunca, que viene a colmar los anhelos más profundos de la humanidad: la muerte de la muerte, el fin de toda lágrima, el triunfo del amor para siempre.

El adviento, en su doble dimensión, nos ilumina notablemente, pues nos preparamos para celebrar una encarnación que ya es un hecho y, por tanto, podemos conocer y reconocer los signos del reino a nuestro alrededor, las señales del cumplimiento de las promesas que hemos recibido. El saber descubrirlas hoy nos restablece en la espera de la plenitud de ese cumplimiento, de la venida final del Señor.

Por eso seguimos esperando, por esa razón continuamos transitando el adviento, un camino que solo se puede recorrer si de verdad somos conscientes de las carencias y dolores del ser humano; si nos duele en carne propia cada gota de sangre que se derrama en la tierra, cada soledad, cada carencia… si realmente sentimos con urgencia que necesitamos como individuos, como iglesia, como humanidad, todos uno, de la Buena Noticia.

Porque sentimos una necesidad íntima que sólo colma el encuentro que experimentamos con Jesucristo, el encuentro con el niño que nace… la plenitud del encuentro definitivo con Cristo en su Gloria eso es lo que nos lleva a esperar, con alegría profunda, aún más de Él.

En la segunda lectura, el apóstol Santiago nos recomienda la paciencia, la constancia y la perseverancia. Dice así el apóstol: “hermanos, sean pacientes hasta la venida del Señor. Tomen como ejemplo de paciencia en el sufrimiento, a los profetas, los cuales hablaron en nombre del Señor. Guarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca”.

Estas recomendaciones, que nos aconseja promover en nosotros el apóstol Santiago, nos ayudarán para que también en nosotros se cumpla lo anunciado por el profeta Isaías en la primera lectura: “ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Digan a los de corazón apocado: ánimo, no teman. He aquí que su Dios viene ya para salvarlos”.

No es fácil, pero ese es el camino para que veamos la gloria del Señor cuando nos encontremos en Él al final de nuestra peregrinación terrena. Y por eso la Iglesia nos invita a cantar, como lo hicimos en el salmo responsorial: Ven, Señor, a salvarnos. 

Esta es la recomendación del apóstol Santiago a la luz del profeta Isaías. Y en el Evangelio encontramos que Jesús ya ha venido una primera vez para mostrar el camino a seguir, con plena confianza en que, si seguimos sus enseñanzas, alcanzaremos a ver al final de nuestra vida la gloria del Señor por toda la eternidad.

En el santo evangelio de hoy según san Mateo, Juan el Bautista, quien está en la cárcel, manda a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es el Mesías o si deben esperar a otro. Los especialistas en Biblia afirman que seguramente no es que Juan tuviera dudas sobre el mesianismo de Jesús, sino que quería que sus discípulos fueran a verlo y se convencieran de que en verdad era el Mesías. Seguramente habría un deseo en Juan, de que su gente viniera a darle testimonio de la obra de Jesús y alegrarle así sus días.

A todos los presos les gusta que la gente los visite, y aunque les platiquen las mismas cosas, les agrada que ellos sean sus ojos para ver lo que está más allá de las paredes de su reclusorio. Claro que cuando son visitados por sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos, como los muchos que hay en todo el mundo, nuestros hermanos presos pueden ver no sólo lo que hay más allá de la barda del penal, sino incluso más allá de esta vida.

La respuesta que Jesús da a los enviados de Juan es que en él se están cumpliendo las profecías que lo anunciaban pues “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su lepra, los sordos oyen. Los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11, 5-6). Esos milagros que Jesús realizaba continúan sucediendo hasta hoy, por la oración de la comunidad o la intercesión de algún santo; aunque para el que cree, aún lo natural es milagroso.

Luego el Señor da un testimonio precioso sobre Juan el Bautista, declarándolo como el profeta anunciado en la Escritura, el cual vendría a preparar el camino del Mesías. Dice Jesús: “No ha surgido entre los hijos de una de mujer ninguno más grande que Juan el Bautista”. ¿Pero qué diría Jesús si diera testimonio de ti o de mí? Y continúa diciendo: “Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él” (Mt 11, 11). Aquí Jesús se refiere seguramente a María, cuyo espíritu se alegra porque Dios ha mirado la pequeñez de su esclava (cfr. Lc 1, 48), o quizá anima Jesús a sus discípulos con estas palabras a entrar en el Reino de los cielos por el camino de la humildad.

El texto de san Mateo nos invita a detectar las señales del Reino, de la acción de Dios en nuestra cotidianidad; a valorarlos, disfrutarlos y agradecerlos.

Que con ellos y junto a Jesús aprendamos a ver todo el amor y la bondad que nos rodea; a caminar y crecer rompiendo con las perezas, los egoísmos y temores; a dejarnos liberar de todo lo que nos somete y nos resta libertad o dignidad; a escuchar y comprender la Palabra y los signos de los tiempos; a convertirnos también, cada uno de nosotros y todos juntos en comunidad, en un signo de esperanza, en un anuncio, una predicación viva del Evangelio.

Es preciso aprender a hacerlo, comprender que Él siempre está más allá de nuestras expectativas, de lo que creemos bueno o malo, de la forma en que nos gustaría que respondiese y se resolviesen las cosas.

Es el momento de robustecer y depurar nuestra esperanza para que únicamente resida en Jesucristo, de despojarnos de cuanto nos condiciona con la confianza en que su amor no defrauda, con el deseo de hacer su voluntad y no la nuestra.

No estamos solos ni desahuciados, el Señor acompaña nuestra historia y viene, siempre viene, aunque en ocasiones no sea como imaginábamos, ya está aquí porque también tiene sed de nosotros.

Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. Amén.

 Roberto Card. Delgado 
Arzobispo Primado de México