HOMILÍA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Queridos hermanos y hermanas:

”Los que se dejan guiar por mí no pecarán, tendrán vida eterna”. En estas palabras, que escuchamos en el libro del Eclesiástico, la Iglesia ve en ellas lo que, a través de la respuesta positiva de María, hemos recibido todos: la capacidad de que nuestra madre María nos ofrezca la conducción necesaria de nuestro caminar hacia la casa del Padre, de nuestro Padre.

Seamos conscientes de esto, porque a veces consideramos, que en esta vida terrena, se acabará todo. Sin embargo esta vida terrena es una peregrinación, y a María la necesitamos, porque a los que nos dejemos guiar por ella, con toda certeza, como lo ha hecho ya Ella, llegaremos a la casa del Padre.

Por eso también el texto afirma: “Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí está el camino y la verdad; toda esperanza de vida y de virtud”. Estas son las características vividas por nuestra madre María.

Por ello, debemos también aprender, con su auxilio, a hacer vida en donde expresemos amor; amor al prójimo y temor para no defraudarla; y por tanto, estar atentos a no caer en tentación; conocimiento, porque necesitamos instruirnos; y, sobre todo, santa esperanza, que esa la adquiriremos a lo largo de nuestra propia experiencia terrenal, cuando seguimos las instrucciones de su Hijo Jesús, las enseñanzas del Evangelio.

Porque allí se fundamenta auténticamente una esperanza firme, cierta, que nos ayuda a superar las adversidades.

Por su parte, san Pablo expresa que envió Dios a su Hijo nacido de una mujer. Nacido de una mujer.

¿Para qué lo envió Dios? Para la tarea de descubrir en nuestro corazón, en nuestro interior, la presencia y la asistencia del Espíritu Santo, y con su ayuda descubrir, que somos hijos en el Hijo de María. Esa es la tarea.

Tenemos siempre que estar revisando qué hay en mi interior, qué ha sembrado Dios en mi corazón, porque allí es donde descubriremos lo que Él quiere de mí. Y a la par nos dará la fortaleza del Espíritu Santo, como se la dio a María, como se la dio al mismo Jesús para su vida en la encarnación.

“Ya son, pues, ustedes hijos.” Dios envió a sus corazones el espíritu de su Hijo. Proclama finalmente san Pablo: ya somos hijos. ¿O hay aquí alguno que no esté bautizado? Porque en el bautismo somos aceptados, ya formalmente como hijos de Dios.

En el Evangelio, escuchamos cómo María vive la dinámica propia de quien permite que la Palabra de Dios entre en su vida y la transforme. Como un fuego abrasador que no puede ser contenido, la Palabra nos impulsa a comunicar la alegría del don recibido. Ella, alegre por el anuncio del ángel, comprende que el gozo de Dios se plenifica en la caridad, y entonces va presurosa hacia la casa de Isabel.

Realmente las palabras de la Llena de gracia son «más dulces que la miel». Basta su saludo para hacer exultar al niño en el seno de Isabel, y ella, llena del Espíritu Santo, se pregunta: «¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?». Ese júbilo desemboca en el Magníficat, donde María reconoce que su dicha proviene del Dios fiel, que ha vuelto sus ojos hacia su pueblo y lo ha bendecido con una heredad más dulce que la miel en los panales; la presencia misma de su Hijo.

Durante toda su existencia, María lleva ese gozo allí donde la alegría humana no basta, allí donde el vino se ha agotado. Así ocurre aquí mismo. En el Tepeyac, ella despierta en todos los habitantes de América la alegría de saberse amados por Dios. En las apariciones de 1531, hablándole a san Juan Diego en su lengua materna, ella declara que “mucho desea” que se levante allí una “casita sagrada” desde la cual ensalzará a Dios y lo pondrá de manifiesto. En medio de conflictos que no cesan, injusticias y dolores que buscan alivio, María de Guadalupe proclama el núcleo de su mensaje: «¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre?». Es la voz que hace resonar la promesa de la fidelidad divina, la presencia que sostiene cuando la vida se vuelve insoportable.

La maternidad que ella declara nos hace descubrirnos hijos. Quien escucha “yo soy tu madre” recordamos que, desde la cruz, al «aquí tienes a tu madre» corresponde el «aquí tienes a tu hijo». Y como hijos, nos dirigiremos a ella para preguntarle: “Madre, ¿qué debemos hacer para ser los hijos que tu corazón desea?”. Ella, fiel a su misión, con ternura nos dirá: «Hagan lo que Él les diga». Sí, Madre, queremos ser auténticos hijos tuyos: dinos cómo avanzar en la fe cuando las fuerzas decaen y crecen las sombras. Haznos comprender que contigo, incluso el invierno se convierte en tiempo de rosas.

Virgen Santa, que, como tú, conservemos el Evangelio en nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que, aunque destinatarios, no somos dueños de este mensaje, sino que, como san Juan Diego, somos sus simples servidores. Que vivamos convencidos de que allí donde llega la Buena noticia, todo se vuelve bello, todo recupera la salud, todo se renueva. “Los que se dejan guiar por ti, no pecarán”; asístenos para no empañar con nuestro pecado y miseria la santidad de la Iglesia que, como tú, es madre.

Madre “del verdadero Dios por quien se vive”, ven en auxilio del Sucesor de Pedro, del Papa León y de nuestro Papa Benedicto, para que confirme en el único camino que conduce al Fruto bendito de tu vientre, a cuantos les fueron confiados. Recuerda a esos hijo tuyos, «a quien Cristo confió las llaves del Reino de los cielos para el bien de todos», que esas llaves sirvan «para atar y desatar y para redimir toda miseria humana». Y haz que, confiando en tu protección, avancemos cada vez más unidos, con Jesús y entre nosotros, hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.

 Roberto Card. Delgado 
Arzobispo Primado de México