HOMILÍA CLAUSURA DE LA PUERTA SANTA Y DEL JUBILEO DE LA ESPERANZA
Muy buenas noches, queridos hermanos:
¡La paz del Señor esté con todos ustedes! Hemos vivido todo este año bajo el signo de la Esperanza. La Esperanza que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).
También nos ha acompañado el signo de la cruz, pues en ella Dios nos ha manifestado su infinito amor, a través del corazón traspasado de Jesús en la cruz. Así iniciamos el Año santo hace justamente un año peregrinando con la cruz del jubileo, y que nos ha acompañado todo este tiempo. Un año de gracia, en el que la misericordia de Dios se ha prodigado generosamente al estar ofreciéndonos la indulgencia por las penas merecidas por nuestros pecados ya perdonados. Y por otra parte el haber redescubierto el sentido del peregrinar, tal como lo dice el lema de este año: “peregrinos de esperanza”.
La esperanza de alcanzar la patria celestial, pues somos peregrinos de eternidad. Fuimos invitados a poner el ancla de nuestra vida más allá, en el cielo, como punto fijo hacia el cual dirigirnos y no apartarnos, anclados en Jesucristo.
Somos un pueblo que peregrina, caminamos juntos. Qué bueno es tomar conciencia que somos un pueblo que camina hacia un destino de eternidad, que esperamos alcanzar. Por eso decimos que los cristianos sabemos a dónde vamos. Se nos ha revelado el misterio de nuestra humanidad; a la luz de Jesucristo, el Verbo de Dios hecho carne, se ha esclarecido el sentido de la vida humana. Peregrinamos hacia la Resurrección en la Vida eterna. Nunca debemos olvidar el fin hacia donde caminamos, pues es la meta lo que da sentido al camino. Esta cultura dominante y su civilización tecnológica, muy rica en medios, pero muy raquítica en fines, nos provoca a ser testigos de la esperanza que no defrauda, a mostrar que Cristo es el camino, la Verdad y la Vida, que Cristo es el destino. Estamos llamados a iluminar con la luz de la esperanza a los que caminan en sombras de muerte, a los que andan en tinieblas, a proclamar que ha venido la Luz que ilumina a todo hombre, que el Verbo se ha hecho carne, y a todos los que creen en su Nombre, les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios. (Jn 1, 1-18).
Damos gracias a Dios por este año vivido en la esperanza y que hoy concluimos. Muchas personas han peregrinado este año a los distintos templos jubilares con verdadero espíritu de conversión y reconciliación y han experimentado la infinita misericordia del Señor. Muchos han visto sanadas las heridas de su alma y recuperado la esperanza en sus corazones.
La Esperanza cristiana es una virtud personal y comunitaria a la vez. La persona vive siempre en relación con otras personas, ella posee una intrínseca dimensión comunitaria, por eso somos un Pueblo, una gran familia que camina junta. Vivimos un tiempo de fragmentación social, de individualismo, de debilitamiento o ausencia de los vínculos; de esas relaciones que sostienen la vida y la hacen crecer, que son como el humus donde se arraiga la posibilidad de una existencia digna.
Frente a este panorama, descubrimos que vivir como Iglesia, que es comunidad de Fe, esperanza y amor, que es Pueblo de Dios, Familia de Dios, es la respuesta a ese individualismo, aislamiento y soledad en los cuales tantos viven hoy. Es la vida de la Iglesia; “unidad de los que creen en Cristo”, guiada por el Papa y los Obispos, expresada en la vida de las comunidades parroquiales principalmente, en las comunidades de vida consagrada, en las comunidades de los movimientos y asociaciones, y en la vida de las familias, verdaderas iglesias domésticas.
El libro de los Números nos ofrece una fórmula paternal, cercana y luminosa que resalta en el lenguaje histórico y jurídico de este libro: “El Señor te bendiga y te guarde, haga brillar su rostro sobre ti, te conceda la paz.”Esta bendición revela a un Dios que no comienza exigiendo, sino regalando. Antes de nuestras metas y de nuestras decisiones, hay una gracia que nos precede. Terminamos y empezamos el año sostenidos por un Dios que protege, ilumina y acompaña.
El Salmo 66 recoge esta misma intuición y amplía el horizonte: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, para que conozca la tierra tu camino y todas las naciones tu salvación.” La bendición no es solo bienestar personal: es misión. Dios nos bendice para que seamos signo de su luz para el mundo. Comenzar el año bajo esta bendición es situarnos en una postura de confianza. La vida no es una lucha solitaria: Dios está presente, su rostro brilla y su paz nos cubre.
San Pablo afirma: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer.” Esta frase concentra toda la fe cristiana. La bendición divina no es abstracta, no es un deseo, no es un amuleto: es una persona. En Jesús, “nacido de mujer”, Dios bendice a la humanidad haciéndose uno de nosotros.
La maternidad de María es esencial en este misterio. Ella es la mujer por la que Dios se hace cercano, frágil, abrazable. Por su fe humilde, la bendición entra en la historia. Comenzar el año con María significa aprender a acoger la gracia como ella: sin comprender del todo, pero confiando plenamente.
El Evangelio nos lleva al pesebre, al mismo donde estuvimos al inicio de la octava de Navidad. Allí, unos pastores —hombres simples, socialmente marginados— son los primeros destinatarios de la buena noticia. Dios comienza por los pequeños, porque viven disponibles para dejarse sorprender.
Los pastores escuchan el anuncio, se ponen en camino, encuentran al Niño y después regresan “dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído”. El Salmo invita a unirnos a ellos: “Que canten de alegría las naciones, Que Dios nos bendiga y que lo teman hasta los confines del orbe.” Quien recibe la bendición no puede guardar silencio: se convierte en testigo.
El gesto de los pastores es profundamente espiritual: vuelven a su vida cotidiana alabando. No escapan de su realidad; vuelven a ella, pero transformados por lo que han visto. Su actitud nos invita a contagiarnos para comenzar el año, no desde la preocupación, sino desde la confianza; no desde la autosuficiencia, sino desde el reconocimiento de la gracia; no desde la tristeza, sino desde la alabanza.
El Salmo 66 es una invitación a esta actitud interior: la bendición de Dios produce alegría, expande el horizonte, renueva el corazón. Alabar es agradecer. Y agradecer es recordar que no caminamos solos.
El Evangelio concluye diciendo que María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.” El inicio del año bajo su mirada nos enseña una actitud esencial: guardar la bendición recibida y meditarla para reconocer la presencia de Dios en nuestra historia.
María es la memoria viva de la acción divina. Comenzar el año con ella es aprender a leer cada acontecimiento —luminoso u oscuro— desde la fe. Su corazón es escuela de contemplación, de escucha, de disponibilidad.
Ha sido un año marcado y vivido desde la virtud teologal de la esperanza, bajo el lema «peregrinos de esperanza», que nos ha recordado nuestra condición de caminantes, de ser hombres y mujeres siempre en camino, y también, como comunidad, de ser una Iglesia peregrina. Como recordaba el Papa Francisco al convocar el año jubilar: «la vida cristiana es un camino, que también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús» (Francisco, Spes non confundit, 5).
Ahora queridos hermanos, les invito a que nos pongamos de pie ante Nuestra Señora de Guadalupe para dar gracias por este año Jubilar de la Esperanza y hagamos una oración a nuestra madre santísima.
“Oh, Virgen de Guadalupe, Madre de la Esperanza, en este momento de clausura del Jubileo de la Esperanza, te encomendamos nuestras vidas y nuestras intenciones. Tú, que eres la Estrella de la Mañana, ilumina nuestro camino y guíanos hacia tu Hijo, Jesús, fuente de toda esperanza y salvación.
En estos días de gracia y misericordia, hemos experimentado tu amor y tu protección. Te damos gracias por tu intercesión y tu cuidado. Que la esperanza que nos has inspirado se convierta en un fuego que arde en nuestros corazones, y que nos impulse a ser testigos de la luz de Cristo en un mundo que necesita de su amor y su paz.
Que todos, animados por la esperanza que no defrauda y llenos de la alegría que nace de ella sigamos caminando juntos para la mayor gloria de Dios y bien de nuestros hermanos”. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
✠ Roberto Card. Delgado
Arzobispo Primado de México

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