LIBRETO LITÚRGICO
SOLEMNE ORDENACIÓN DIACONAL

PRESIDE SU EMINENCIA
SERGIO GÓMEZ
ARZOBISPO PRIMADO DE MÉXICO

INSIGNE Y NACIONAL BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE
X.IX.MMXXVI

RITOS INICIALES 

 CANTO DE ENTRADA
(Pueblo de Reyes)

Una vez reunido el pueblo, el Obispo se dirige al altar con los ministros durante el canto de entrada.

Pueblo de reyes, asamblea santa
Pueblo sacerdotal, pueblo de Dios
Bendice a tu Señor.

Te cantamos, oh, Hijo amado del Padre Te alabamos, eterna palabra salida de Dios
Te cantamos, oh, Hijo de la Virgen María
Te alabamos, oh, Cristo nuestro hermano
Nuestro Salvador. ℟.

Te cantamos a Ti, esplendor de la gloria
Te alabamos, estrella radiante que anuncias el día Te cantamos, oh, luz que iluminas nuestras sombras Te alabamos, antorcha de la nueva Jerusalén. ℟.

Te cantamos, Mesías, que anunciaron los profetas Te alabamos, oh, hijo de Abraham e hijo de David Te cantamos, Mesías, esperado por los pobres Te alabamos, oh, Cristo, nuestro rey de humilde corazón. ℟.

Te cantamos, mediador entre Dios y los hombres
Te alabamos, oh, ruta viviente, camino del cielo
Te cantamos, sacerdote de la nueva alianza
Te alabamos, Tú eres nuestra paz por la sangre de la cruz. ℟.

Te cantamos, cordero de la Pascua eterna
Te alabamos, oh, víctima que borras nuestros pecados Te cantamos, oh, templo de la nueva alianza Oh, piedra angular y roca de Israel. ℟.

Cuando llega al altar, se inclina profundamente con los ministros, besa el altar en señal de veneración e inciensa la cruz y el altar. A continuación, se dirige con los ministros a las sillas.

Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice: 
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 
℟. Amén.

La paz esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.

ACTO PENITENCIAL
 
A continuación se hace el acto penitencial, al que el sacerdote invita a los fieles, diciendo:
Hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.

Se hace una breve pausa en silencio. Después el sacerdote dice: 
Señor, ten misericordia de nosotros.
.:  Porque hemos pecado contra ti.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.
.:  Y danos tu salvación.

Sigue la absolución del sacerdote:
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
℟.: Amén.

SEÑOR, TEN PIEDAD

SEÑOR TEN PIEDAD 
SEÑOR TEN PIEDAD 

CRISTO TEN PIEDAD 
CRISTO TEN PIEDAD 

SEÑOR TEN PIEDAD 
SEÑOR TEN PIEDAD 

HIMNO DEL GLORIA

GLORIA A DIOS EN EL CIELO, 
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS 
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR. 

POR TU INMENSA GLORIA TE ALABAMOS, TE BENDECIMOS, TE ADORAMOS, TE GLORIFICAMOS, TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR DIOS, REY CELESTIAL, DIOS PADRE TODOPODEROSO.

GLORIA A DIOS EN EL CIELO, 
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS 
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR. 

SEÑOR, HIJO ÚNICO, JESUCRISTO. SEÑOR DIOS, CORDERO DE DIOS, HIJO DEL PADRE; TÚ QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, TEN PIEDAD DE NOSOTROS; TÚ QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, ATIENDE NUESTRA SÚPLICA; TÚ QUE ESTÁS SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE, TEN PIEDAD DE NOSOTROS. 

GLORIA A DIOS EN EL CIELO, 
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS 
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR. 

PORQUE SÓLO TÚ ERES SANTO, SÓLO TÚ SEÑOR, SÓLO TÚ ALTÍSIMO, JESUCRISTO, CON EL ESPÍRITU SANTO EN LA GLORIA DE DIOS PADRE. AMÉN.

ORACIÓN COLECTA

Terminado el himno, el Obispo, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración colecta:
Dios nuestro, que enseñaste a los ministros de tu Iglesia a no buscar ser servidos, sino a servir a sus hermanos, concede a este hijo tuyo, que hoy eliges para el ministerio diaconal, disponibilidad en la entrega, mansedumbre en el servicio y perseverancia en la oración. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:
Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA
 
PRIMERA LECTURA
(Nm 3, 5-9)

Pondrás a la tribu de Leví para servir al sacerdote Aarón
 
Lector: Lectura del libro de los Números.
El Señor dijo a Moisés:
Manda a la tribu de Leví que se acerque, y tú la pondrás a disposición del sacerdote Aarón, para servirlo. Ellos realizarán tareas para él y para toda la comunidad de Israel, delante de la Carpa del Encuentro, encargándose del servicio de la Morada. Tendrán a su cargo todo el mobiliario de la Carpa del Encuentro y realizarán tareas para los israelitas, encargándose del servicio de la Morada. Tu pondrás a los levitas a las órdenes de Aarón y de sus hijos: así ellos estarán dedicados a él exclusivamente, de parte de los israelitas.

Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.
 
SALMO RESPONSORIAL
(Sal 116)

℟. Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Que alaben al Señor todas las naciones,
que lo aclamen todos los pueblos. ℟.

Porque grande es su amor hacia nosotros,
y su fidelidad dura por siempre. ℟.

SEGUNDA LECTURA
(Hch 8, 26-40)

Comenzando por este texto de la Escritura,
le anunció el Evangelio de Jesús
 
Lector: Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
El Angel del Señor dijo a Felipe: «Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto.» El se levantó y partió.
Un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía, sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y camina junto a su carro.»
Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: «¿Comprendes lo que estás leyendo?»
El respondió: «¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?»
Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente:
Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?
El etíope preguntó a Felipe: «Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?»
Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús.
Siguiendo su camino, llegaron a un lugar donde había agua, y el etíope dijo: «Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado?» Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó.
Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino.
Felipe se encontró en Azoto, y en todas las ciudades por donde pasaba iba anunciando la Buena Noticia, hasta que llegó a Cesarea.


Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
 
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
 
VAYAN, Y HAGAN QUE TODOS LOS PUEBLOS SEAN MIS DISCÍPULOS.
YO ESTARÉ SIEMPRE CON USTEDES HASTA EL FIN DEL MUNDO.

ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!
 
Mientras tanto, el sacerdote, cuando se utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
℣.: Padre, dame tu bendición.

El sacerdote dice en voz baja:
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo  y del Espíritu Santo.

El diácono hace la señal de la cruz y responde:
℣.:
 
Amén.

Pero si no está presente el diácono, el sacerdote, inclinado ante el altar, dice en secreto:
Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio.
 
EVANGELIO
(Jn 21, 15-17)
 
Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y dice:
℣.:
 
El Señor esté con ustedes.
℟.: Y con tu espíritu.

El diácono (o el sacerdote), dice:
 
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
y, mientras tanto, hace la señal de la cruz sobre el libro y luego sobre sí mismo, en la frente, la boca y el pecho.
℟.:
 Gloria a ti, Señor.
 
Luego el diácono o el sacerdote, si procede, inciensa el libro y proclama el Evangelio.
℣.:
 
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Cuando termina el Evangelio, el diácono aclama:
Palabra del Señor.

El pueblo responde:
Gloria a ti, Señor.

Luego lleva el libro al Obispo, que lo besa en silencio y bendice al pueblo.

Luego el diácono deposita el libro en el altar.

LITURGIA DE LA ORDENACIÓN

ELECCIÓN DEL CANDIDATO AL DIACONADO

El ordenado es llamado por el diácono de la forma siguiente:
Acérquese el que va a ser ordenado diácono.

E inmediatamente lo nombra; y el llamado dice:
Presente.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.
Permaneciendo el ordenado en pie ante el Obispo, un presbítero designado por el Obispo dice: 
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes diácono a este hermano nuestro.

El obispo le pregunta: 
¿Sabes si es digno?

Y él responde:
Según el parecer de quienes lo presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que ha sido considerado digno.

El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a este hermano nuestro para el Orden de los diáconos.

Todos responden:
℟. Demos gracias a Dios.

HOMILÍA

Seguidamente, estando todos sentados, el Obispo hace la homilía, en la que, partiendo del texto de las lecturas proclamadas en la liturgia de la palabra, habla al pueblo y a el elegido sobre el ministerio de los diáconos, habida cuenta de la condición del ordenado, según se trate de un elegido casado y o de un elegido no casado.

PROMESAS DEL ELEGIDO

Después de la homilía, solamente se levanta el elegido y se pone de pie ante el Obispo, quien le interroga con estas palabras:
Querido hijo: Antes de entrar en el Orden de los diáconos debes manifestar ante el pueblo tu voluntad de recibir este ministerio.

¿Quieres consagrarte al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?
El elegido responde:
Si, quiero.

El Obispo:
¿Quieres desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diácono como colaborador del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?
El elegido:
Si, quiero.

El Obispo:
¿Quieres vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y de palabra y obra proclamar esta fe, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?
El elegido:
Si, quiero.

El Obispo:
¿Quieres conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a tu género de vida y, fiel a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, según tu condición, junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo?
El elegido:
Si, quiero.

El Obispo:
¿Quieres imitar siempre en tu vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre servirás con tus manos?
El elegido:
Si, quiero, con la Gracia de Dios.

Seguidamente, el elegido se acerca al Obispo y, de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las manos del Obispo.
El Obispo interroga al elegido, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?
El elegido:
Si, prometo.

El Obispo concluye siempre:
Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término.

SÚPLICA LITÁNICA

Seguidamente, todos se levantan. 
El Obispo, dejando la mitra, de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la invitación:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que derrame bondadosamente la gracia de su bendición sobre este siervo suyo que ha llamado al Orden de los diáconos.

Entonces el elegido se postra en tierra, y se cantan las letanías, respondiendo todos; en los domingos y durante el Tiempo Pascual, se hace estando todos de pie, y en los demás días, de rodillas, en cuyo caso el diácono dice:
Nos ponemos de rodillas.

Los cantores comienzan las letanías (las invocaciones sobre el elegido se hacen en singular).

Concluido el canto de las letanías, el Obispo ordenante principal, en pie y con las manos extendidas, dice:
Señor Dios, escucha nuestras súplicas y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos: santifica con tu bendición a éste siervo tuyo que juzgamos apto para el servicio de los santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.

El diácono, si el caso lo requiere, dice:
Nos ponemos de pie.

Y todos se ponen de pie.

IMPOSICIÓN DE MANOS 
Y PLEGARIA DE ORDENACIÓN

El elegido se levanta; se acerca al Obispo, que está de pie delante de la sede y con mitra, y se arrodilla ante él.

El Obispo le impone en silencio las manos sobre la cabeza.

Tras dicha imposición de manos, los presbiteros permanecen junto al Obispo hasta que se haya concluido la Plegaria de Ordenación, pero de modo que la ceremonia pueda ser bien vista por los fieles.

Estando el elegido arrodillado ante él, el Obispo, éste, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro —palabra, sabiduría y fuerza tuya—, con providencia eterna todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.

A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida con dones celestes variados, articulada con miembros distintos y unificada en admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces crecer y dilatarse como templo nuevo y grandioso.

Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros encargados de tu servicio.

Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el pueblo a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la palabra.

Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a este tu siervo, a quien consagramos humildemente para el orden del diaconado y el servicio de tu altar.

ENVÍA SOBRE EL, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE, FORTALECIDO CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES, DESEMPEÑE CON FIDELIDAD EL MINISTERIO.

Que resplandezca en él un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales.

Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, persevere firme y constante con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo que no vino a ser servido sino a servir, merezca reinar con él en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
℟. Amén.

ENTREGA DEL LIBRO DE LOS EVANGELIOS

Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Obispo recibe la mitra. El ordenado se levanta, y un diácono u otro ministro le pone la estola al estilo diaconal y le viste la dalmática.

El ordenado, ya con sus vestiduras diaconales, se acerca al Obispo, quien entrega a aquél, ante él arrodillado, el libro de los Evangelios, diciendo:
Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado.

Finalmente, el Obispo da al ordenado el beso de paz, diciendo:
La paz contigo.

El ordenado responde:
Y con tu espíritu.

Y lo mismo hacen todos o al menos algunos diáconos presentes.

Mientras tanto, puede cantarse la antífona siguiente con el Salmo 145, u otro canto apropiado de idénticas características que concuerde con la antífona. 

Al que me sirva, mi Padre que está en el cielo lo premiará. (T.P. Aleluya).

Prosigue la Misa como de costumbre. Se dice o no el Símbolo de la fe, según las rúbricas; se omite la oración universal.

LITURGIA EUCARISTÍCA

PRESENTACIÓN DE LOS DONES
(Este pan y vino)
 
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.

Este pan y vino, Señor
Se transformarán
En tu cuerpo y sangre, Señor
En nuestro manjar. 

Gracias al sol y al labrador
En el altar florecen hoy
Las espigas, los racimos
Que presentamos a Dios. ℟.

Lo que sembré con mi dolor
Lo que pedí en mi oración
Hoy son frutos, son ofrendas
Que presentamos a Dios. ℟.

Conviene que los fieles expresen su participación en la ofrenda, bien sea llevando el pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, bien presentando otros dones para las necesidades de la Iglesia o de los pobres. 
 
Luego el sacerdote, profundamente inclinado, reza en silencio.
 
Y, si procede, inciensar las ofrendas, la cruz y el altar. Después, el diácono u otro ministro inciensa al sacerdote y al pueblo.
 
Luego, el sacerdote, de pie junto al altar, se lava las manos y dice la oración en silencio.
 
El sacerdote, de pie en el centro del altar, dice:
Oremos, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso

El pueblo se levanta y responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
 
Luego el sacerdote dice la oración sobre las ofrendas:
Padre santo, 
tu Hijo quiso lavar los pies a sus discípulos para darnos ejemplo; recibe los dones que te presentamos en esta liturgia y, al ofrecernos como víctima espiritual, concédenos crecer en humildad y abnegación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

El pueblo aclama:
Amén.

PREFACIO
(Cristo, origen de todo ministerio eclesial)
 
El sacerdote comienza la plegaria eucarística con el prefacio. Dice:
El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.

El sacerdote prosigue:
Levantemos el corazón.
℟. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

El sacerdote añade:
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟. Es justo y necesario.

El sacerdote prosigue el prefacio.
En verdad es justo y necesario, alabarte y darte gracias, Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso, de quien proviene toda paternidad en la comunión del Espíritu.

En tu Hijo Jesucristo, sacerdote eterno, siervo obediente, pastor de los pastores, has puesto el origen y la fuente de todo ministerio, según la viva tradición apostólica conservada en tu pueblo que peregrina en la historia.

Tú eliges dispensadores de los santos misterios con variedad de dones y carismas, para que en todas las naciones de la tierra se ofrezca el sacrificio perfecto y, con la Palabra y los sacramentos se edifique la Iglesia, comunidad de la nueva alianza, templo de tu gloria.

Por este misterio de salvación, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos con gozo el himno de tu alabanza:

SANTO

SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR, DIOS DEL UNIVERSO. LLENOS ESTÁN, EL CIELO Y LA TIERRA, DE TU GLORIA.

¡HOSANNA EN EL CIELO!

BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR.

¡HOSANNA EN EL CIELO!

PLEGARIA EUCARÍSTICA III
 
El sacerdote, con las manos extendidas,  dice:
CP
SANTO eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
 
Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC
Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que se conviertan en Cuerpo  y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios.
 
El relato de la institución de la Eucaristía debe darse de forma clara y audible, como lo exige su naturaleza.
Porque el mismo, la noche en que iba a ser entregado,
Toma el pan y, manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, continúa:
tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos.

Muestra al pueblo la hostia consagrada, la coloca en la patena y hace una genuflexión en adoración.
 
El sacerdote prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
Toma el cáliz en sus manos y, manteniéndolo ligeramente elevado sobre el altar, continúa:
y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos.

Muestra el cáliz al pueblo, la coloca sobre su cuerpo y hace una genuflexión en adoración.
 
El sacerdote prosigue:
CP
Éste es el Sacramento de nuestra fe.
℟.: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Después, el sacerdote, con las manos extendidas dice:
CC
Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección, y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
 
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
 
C1: Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con Maria, la Virgen, Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.
 
C2: Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor,  el Papa Benedictoa nuestro Obispo Robertoal orden episcopal, a los presbíteros, a este hijo tuyo que hoy has ordenado ministro de la Iglesia, a los demás diáconos todo el pueblo redimido por ti.
 
Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.

A nuestros hermanos difuntos, y a cuantos murieron en tu amistad, recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, por Cristo Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes.
 
Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
CP o CC 
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
℟.: 
Amén.

RITO DE COMUNIÓN
 
Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el sacerdote, con las manos juntas, dice:
Fieles a la recomendación del Salvador 
y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:

Junto con el pueblo, continúa:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal

El sacerdote prosigue él solo:
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
El pueblo concluye la oración, aclamando:
℟.: 
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el sacerdote dice en voz alta:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz les dejo, mi paz les doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.
El sacerdote junta sus manos y concluye:
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.

El sacerdote añade:
La paz del Señor esté siempre con ustedes
℟.: Y con tu espíritu.

Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade: 
℣.: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.

Y cada uno, según la costumbre del lugar, se manifiesta entre sí paz, comunión y caridad; el sacerdote da la paz al diácono y a los demás ministros.
 
Luego, el sacerdote parte el pan consagrado sobre la patena y coloca un trozo en el cáliz, orando en silencio.

CORDERO DE DIOS

CORDERO DE DIOS QUE QUITAS, EL PECADO DEL MUNDO,
TEN PIEDAD DE NOSOTROS.

CORDERO DE DIOS QUE QUITAS, EL PECADO DEL MUNDO,
TEN PIEDAD DE NOSOTROS,


CORDERO DE DIOS QUE QUITAS, EL PECADO DEL MUNDO,
DANOS LA PAZ.

El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟.: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

COMUNIÓN
(Symbolum 77)

Después de comulgar, el sacerdote se acerca a los que quieren comulgar y les presenta el pan consagrado, diciendo a cada uno de ellos:
℣.:
 
El Cuerpo de Cristo.
El que va a comulgar responde:
℟.:
 Amén.
 
Si se comulga bajo las dos especies, se observa el rito descrito en el misal de altar. Cuando el sacerdote comulga el Cuerpo de Cristo, comienza el canto de comunión.

Eres Tú mi vida, solo Tú, Señor, 
Eres mi Camino, eres mi Verdad; 
seguiré tus pasos, me guiará tu amor. 
Tú me has dado vida nueva y tu salvación.
Ya no tengo más temor si tú estás aquí.
Te lo ruego, quédate en mí.

Creo en Ti, Jesucristo, hijo de María
Hijo eterno y Santo, nuestro Redentor.
Creo que por salvarme moriste en la cruz
Y al resucitar me diste vida en plenitud.
En el pan y el vino te nos das, Señor,
Llena mi alma, dame tu amor.

Eres tú mi fuerza, solo tú, Señor,
eres mi camino y mi libertad.
Nada en este mundo nos separará;
ya sé que tu mano fuerte no me dejará.
De todos los males tú me librarás.
Te lo pido, dame tu paz.

Eres pan de vida, fuente de amor
Tú, mi fortaleza, ¡eres mi Señor!
Tú que sabes bien quien soy dame tu perdón.
En tus manos yo me entrego todo entero a ti.
Quédate en mi corazón, llena mi existir.
Te lo ruego, quédate en mí.

Si es oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza.
 
Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
 
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración después de la comunión.
Oremos.
El sacerdote, con los brazos abiertos, dice la oración:
Padre, concede a tu hijo, 
alimentado con esta eucaristía, ser fiel ministro del Evangelio, de los sacramentos y de la caridad, para gloria tuya y salvación de los creyentes. Por Jesucristo, nuestro Señor.

El pueblo aclama:
Amén.

RITO DE CONCLUSIÓN

BENDICIÓN SOLEMNE

El celebrante recibe la mitra y, extendiendo las manos, dice:  
El Señor esté con ustedes.

Todos responde:
Y con tu espíritu.

Y, enseguida, el Obispo, con las manos extendidas sobre los ordenados y el pueblo, pronuncia
la bendición:
Que Dios, que te ha llamado al servicio de los hombres en su Iglesia, te conceda un gran celo apostólico hacia todos, especialmente hacia los pobres y afligidos.

Todos:
Amén.

El Obispo:
Que él, que te ha confiado la misión de predicar el Evangelio y de servir al altar y a los hombres, te haga en el mundo ardiente testigo suyos y ministro de la caridad.

Todos:
Amén.

El Obispo:
Que él, que te hizo dispensadores de sus sacramentos, te conceda ser imitador de su Hijo Jesucristo para ser en el mundo ministro de la unidad y de la paz.

Todos:
Amén.

Y bendice a todo el pueblo añadiendo:
Y que a todos ustedes, que están aquí presentes, los bendiga Dios todopoderoso, Padre , Hijo , y Espíritu  Santo.

Todos responden:
Amén.

Luego el diácono, o el sacerdote, despide al pueblo con una de las fórmulas siguientes:
La alegría del Señor sea nuestra fuerza, podemos ir en paz.
℟. Demos gracias a Dios.

CANTO DE SALIDA
(La Guadalupana)

DESDE EL CIELO UNA HERMOSA MAÑANA,
DESDE EL CIELO UNA HERMOSA MAÑANA,
LA GUADALUPANA, LA GUADALUPANA,
LA GUADALUPANA BAJÓ AL TEPEYAC,

LA GUADALUPANA, LA GUADALUPANA,
LA GUADALUPANA BAJÓ AL TEPEYAC.

SUPLICANTE JUNTABA SUS MANOS,
SUPLICANTE JUNTABA SUS MANOS,
Y ERAN MEXICANOS, Y ERAN MEXICANOS,
Y ERAN MEXICANOS SU PORTE Y SU FAZ,

Y ERAN MEXICANOS, Y ERAN MEXICANOS,
Y ERAN MEXICANOS SU PORTE Y SU FAZ.

SU LLEGADA LLENÓ DE ALEGRÍA,
SU LLEGADA LLENÓ DE ALEGRÍA,
DE LUZ Y ARMONÍA, DE LUZ Y ARMONÍA,
DE LUZ Y ARMONÍA TODO EL ANÁHUAC,

DE LUZ Y ARMONÍA, DE LUZ Y ARMONÍA,
DE LUZ Y ARMONÍA TODO EL ANÁHUAC.

JUNTO AL MONTE PASABA JUAN DIEGO,
JUNTO AL MONTE PASABA JUAN DIEGO,
Y ACERCOSE LUEGO, Y ACERCOSE LUEGO,
Y ACERCOSE LUEGO AL OÍR CANTAR,

Y ACERCOSE LUEGO, Y ACERCOSE LUEGO,
Y ACERCOSE LUEGO AL OÍR CANTAR.

‘JUAN DIEGUITO’ -LA VIRGEN LE DIJO-.
‘JUAN DIEGUITO’ -LA VIRGEN LE DIJO-,
ESTE CERRO ELIJO, ESTE CERRO ELIJO,
ESTE CERRO ELIJO PARA HACER MI ALTAR’.

‘ESTE CERRO ELIJO, ESTE CERRO ELIJO,
ESTE CERRO ELIJO PARA HACER MI ALTAR’.

Y EN LA TILMA ENTRE ROSAS PINTADAS,
Y EN LA TILMA, ENTRE ROSAS PINTADAS,
SU IMAGEN AMADA, SU IMAGEN AMADA,
SU IMAGEN AMADA SE DIGNÓ DEJAR,

SU IMAGEN AMADA, SU IMAGEN AMADA,
SU IMAGEN AMADA SE DIGNÓ DEJAR.

DESDE ENTONCES PARA EL MEXICANO,
DESDE ENTONCES PAR EL MEXICANO,
SER GUADALUPANO, SER GUADALUPANO,
SER GUADALUPANO ES ALGO ESENCIAL,

SER GUADALUPANO, SER GUADALUPANO,
SER GUADALUPANO ES ALGO ESENCIAL.

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